Botox para tratar secuelas infarto cerebral. Fuente: gaceta.es

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Botox para tratar secuelas infarto cerebral. Fuente: gaceta.es

Mensaje por Pedro el Dom Mar 29, 2009 1:44 pm




Tras sufrir un infarto cerebral, Francine V. Corso, una ingeniera de software que trabajaba en la NASA, estuvo encerrada en casa desde 1992 hasta 2001.

Su brazo izquierdo estaba paralizado hasta cerca del cuello, lo que le hacía difícil ponerse una blusa, y sus dedos estaban tan rígidamente curvados que las uñas se le clavaban en la palma de la mano. Cuando al fin aprendió a levantarse de la silla de ruedas, su contraída pierna izquierda mostraba el llamado paso de caballo de muchas víctimas de daño cerebral —pisaba con los dedos hacia abajo, y después intentaba que su pie no se diera la vuelta.

Ahora, con las inyecciones de toxina botulínica cada tres meses, dice, “Estoy completamente transformada, puedo conducir, hago voluntariado, voy a clases de pintura”. Sus dedos están tan relajados que la manicura le puede pintar las uñas de rojo.

La toxina botulínica, el reductor de arrugas más conocido por el nombre de marca Botox, tiene muchos usos médicos, algunos oficiales y otros todavía no aprobados. Ayuda a los pacientes con distonia a recuperar el control de los músculos con espasmos, a los actores con problemas de golpes de sudor a reducir este flujo, y a los niños con pies deformes a evitar la cirugía.

Su uso en las víctimas de infarto cerebral todavía no ha sido oficialmente aprobado por la Food and Drug Administration. Pero está tan ampliamente aceptado que Medicare y otros seguros médicos normalmente reembolsan su uso.

De todas formas, el doctor David M. Simpson, profesor de neurología del Mount Sinai Medical Center de Nueva York, investigador líder de la botulina, dice que sólo el 5% de los pacientes de infarto cerebral que podrían beneficiarse de su uso lo reciben.
Los médicos de asistencia primaria no lo conocen, dice. Relativamente pocos médicos están formados para poner las inyecciones, que tienen que ser mucho más profundas que en los usos dermatológicos para borrar las arrugas de expresión. Y la mayor parte de los neurólogos tienen el hábito de recetar fármacos antiespasmos como tianidina y baclofen, que son orales y baratos, pero que causan somnolencia y debilitan todos los músculos del cuerpo, no sólo los que tienen el problema.

Corso, de 66 años, nunca había oído hablar del tratamiento a su primer neurólogo, al que llamaba “Doctor Malas Noticias” porque primero le dijo a su familia que ella iba a morir y después siguió diciéndole a ella que nunca andaría. “Oí hablar de esto al doctor Max Gomez en la NBC”, añade.

En una clase en Mount Sinai, en Manhattan, Simpson está de pie detrás de dos brazos sin cuerpo montados sobre articulaciones móviles. Uno tiene una apariencia pálida, pero musculosa y está cubierto con agujas. Su pareja es de color rojo vivo y sólo tiene músculo; es un modelo anatómico al que se ha eliminado toda la piel y la grasa.
Formación médica


Simpson, que recibe financiación de tres fabricantes de toxina botulínica —Allergan, que fabrica Botox; Solstice Neurosciences, que fabrica Myobloc; y Merz Pharmaceuticals, que fabrica Xeomin— está enseñando a los residentes cómo encontrar los músculos más difíciles de alcanzar, como el flexor pollicus brevis, que dobla el dedo gordo, y el pronator quadratus, que hace girar la muñeca.

Los brazos de goma tiene sensores que emiten un pitido cuando la punta de su aguja entra en el músculo correcto. Los brazos humanos no pitan, desde luego, pero Simpson acaba de utilizar una variante de la tecnología en Corso hace sólo una hora.

Justo antes de que la primera aguja se hunda en el brazo, ella hace saber a los visitantes saber lo que piensa de la electromiografía, a la que ella llama “el estímulo”.

“Esto”, anuncia Corso, que mide casi 5 pies, “es lo que separa a los hombres de los niños”.

La jeringuilla está conectada a un estimulador eléctrico que pulsa una descarga —hasta un décimo de amperio— dos veces por segundo. Cuando Simpson cree que ha alcanzado el músculo adecuado, lo marca. Si el dedo correcto empieza a temblar en sincronía, sabe que está allí, y presiona el émbolo. Si no, mueve la aguja y lo vuelve a intentar.

Hace esto varias veces en el brazo de Corso y después en su pierna. Al cabo de 45 minutos, Corso dice que su pie está tocando el suelo de forma más plana.

La botulina no puede restaurar el uso de los músculos cuando el infarto ha destruido la región del cerebro que los controla. Pero los pacientes se sienten mejor y su apariencia es más normal y a menudo les resulta más fácil vestirse, sostener objetos y bañarse.

El doctor Mark Hallett, jefe de la sección de control motriz del National Institute of Neurological Disorders and Stroke, dice que usa la electromiografía junto con el ultrasonido cuando inyecta a los pacientes.

“Varias autoridades sienten que si se acercan, ya está bien”, dice Hallett. “No estoy de acuerdo. Creo que es valioso asegurarse de que estás en el lugar correcto”.

Eso mismo dice Corso. Durante un tiempo, cuenta, veía a otros neurólogos más cerca de su casa en Fort Salonga, o en Long Island, que inyectaban botulina pero no usaban la electromiografía.

Según dice, no funcionaba igual. Ahora tiene un amigo que la lleva hasta la periferia de la ciudad de Nueva York y después toma un taxi hasta el hospital.

“Es un largo camino desde Long Island”, dice. “Pero merece la pena”.

FUENTE:gaceta.es
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